Qué amargo haber encarnado en mujer. Nada más bajo en esta tierra. Como a dios que escoge ser hombre reciben al recién nacido: ¡va a desafiar los cuatro Océanos, va a cabalgar mil millas contra las tempestades! Nadie se alegra cuando nace una niña. No ganará con ella fama la familia. Crece escondida en su cuarto, tiene miedo de mirar y ser mirada. Se casa y nadie llora ese día –nube negra que no revienta en lluvia. Toda consentimiento, inclina la cabeza. Sus dientes blancos muerden sus labios rojos. Reverencias, genuflexiones, humilde con los criados, sonríe a la concubina. Su marido la ama desde su lejanía de Vía Láctea. Primero, él era sol y ella girasol. Ahora son como el agua y el fuego. Su rostro es la escritura de los años.