NUNCA

NUNCA

Editorial:
SEXTO PISO
Año de edición:
Materia
Poesía
ISBN:
978-607-9436-16-2
Páginas:
103
Encuadernación:
Rústica
Colección:
Poesía
$ 130.00
IVA incluido
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Luigi Amara (Ciudad de México, 1971) es escritor, paseante y editor. Ha escrito los siguientes libros
de poemas: El decir y la mancha (1994), El cazador de grietas (Premio Nacional de Poesía Joven Elías
Nandino 1998), Envés (2003), Pasmo (2003) y A pie (2010). Entre sus libros de ensayo destacan: Sombras
sueltas (Premio Rousset Banda de Crítica Literaria 2006), La escuela del aburrimiento (Sexto Piso, 2012), Los disidentes del universo (Sexto Piso, 2013) e Historia descabellada de la peluca (finalista del premio Anagrama de Ensayo 2014). También ha escrito libros para niños: Las aventuras de Max y su ojo submarino (Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2006 y Premio FILIJ por Mejor Libro Ilustrado en 2008) y Los calcetines solitarios (Sexto Piso, 2011). Vive en la Ciudad de México con su esposa e hijo. Forma parte de la cooperativa Tumbona Ediciones.

En una fotografía aparece una mujer de espaldas. Muestra la nuca, exhibe la desnudez de su hombro, renuncia sin aspavientos, pero con ostentosa dignidad, a mirar de frente. La mujer le da la espalda al fotógrafo y, una vez que el dedo de éste oprime el obturador, le da la espalda al mundo, al futuro, a nosotros. Nu)n(ca es el resultado de un embrujo. Plantado frente a la fotografía tomada por Onésipe Aguado, Luigi Amara observa cómo se gesta en su interior un laberinto por el que luego divagará sin dejar tras de sí un hilo que lo salve.
Amara avanza por el poema a la deriva, como si el largo pie de imagen que construye tuviera algo de aventura detectivesca o de rastreo de pistas que conforme se desdobla muestra que su sustancia es el tiempo y su trasfondo la muerte. La nada abre un espectro donde todo es posible. El poema se disgrega invocando la posibilidad de que la protagonista sea una mujer barbuda, una viuda o una geisha; quizá una modelo hastiada, herida por la necesidad «colgar en el biombo su belleza»; o una «casta emperatriz a punto de cambiar de piel»; una mulata ebria o tal vez una hija lejana de Mesalina, presta para fundir su rostro anónimo con la salvaje ansiedad del lupanar.
Rendido ante la infinitud del tal vez, Amara vuelve ante sí para reconocer que la imagen es una mancha donde se pinta «el rostro que queremos ver», un maelström en cuyo vórtice yace el enigma del reverso de la existencia. No importa quién sea la mujer o por qué esté ahí. Lo que queda tras la lectura son las cenizas de nuestro propio deseo, consumido por el ineludible afán de capturar eso que advertimos siempre a ciegas.

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