Silentium!
Tiútchev, Fiodor
"Todo en la vida de Tiútchev confluía para hacerlo personaje de novela rusa: desde sus amores y amoríos hasta su cosmopolitismo y su reaccionarismo político también. Eduardo Alonso Luengo -que ha hecho la mejor versión española que hasta hoy existe, y que ha sabido traducirlo en el asonante tono becqueriano de rima melancólica y tenue, que es la que mejor le va—acierta plenamen...
Sinopsis
"Todo en la vida de Tiútchev confluía para hacerlo personaje de novela rusa: desde sus amores y amoríos hasta su cosmopolitismo y su reaccionarismo político también. Eduardo Alonso Luengo -que ha hecho la mejor versión española que hasta hoy existe, y que ha sabido traducirlo en el asonante tono becqueriano de rima melancólica y tenue, que es la que mejor le va—acierta plenamente al presentarlo como una personalidad de biografía doble, cuya primera parte podría haber sido escrita por Turguéniev, y la segunda, sólo por Dostoievsky.
Hay en él algo así como un lirismo impresionista que, sin llegar al símbolo, dispone en torno a éste los mecanismos poéticos que mejor pueden servir a su expresión. Y eso explica que los simbolistas rusos vieran en él su más directo precedente y su casi único precursor."
Jaime Siles, ABCD las Artes y las Letras, Madrid, 9.6.2007.
Fiodor I. Tiútchev manifestó desde pequeño interés por las letras y cursó estudios de filología. Ingresó muy pronto en el servicio diplomático, residiendo primero en Alemania y en Turín y desde 1844 en San Petersburgo, donde brilló entre la alta sociedad como conversador y hombre de acerado ingenio. Se casó dos veces y vivió en la cincuentena un amor tormentoso y apasionado con una joven, amiga de sus hijas, amor que constituyó una fuente inagotable de sufrimiento y terminó con la muerte de la amada.
Como poeta lo dio a conocer Pushkin en 1836, publicando algunas de sus poesías en la revista El Contemporáneo. Un elogioso artículo de Niekrasov en 1850 y la publicación de una amplia selección de sus versos en 1854 a instancias de Turguieniev, que los recogió posteriormente en un libro que él mismo prologó, le dieron el espaldarazo definitivo. A partir de entonces y pese a lo breve de su obra, se le considera, después de Pushkin y de Liérmontov, como el mayor poeta de la vieja Rusia.
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