DECÍAMOS AYER...

DECÍAMOS AYER.... POESÍA 1980-2000

Editorial:
CONACULTA
Año de edición:
Materia
Poesía
ISBN:
978-970-35-0411-4
Páginas:
195
Encuadernación:
Rústica
Colección:
Lecturas mexicanas cuarta serie
$ 152.00
IVA incluido
En stock
Añadir a la cesta

Eduardo Langagne era joven aún cuando, en 1980, ganó el Premio Casa de las Américas, de Cuba, con su libro inaugural, Donde habita el cangrejo. Digamos, de paso, que Langagne es el único poeta mexicano, en 45 años, que ha obtenido este premio que se entregó por vez primera en 1960.

En España, Hiperión publicó no hace mucho la antología Cuarenta años de poesía en el Premio Casa de las Américas, libro que es antecedente de otro: la antología mínima que Saúl Yurkievich hizo en México para Siglo XXI. Lo cierto es que Donde habita el cangrejo es de los seis o siete libros de este premio, para mí recordables por algún motivo, alguna página o por el conjunto de poemas, junto con los de Fayad Jamís (Por esa libertad), Félix Grande (Blanco spirituals), Antonio Cisneros (Canto ceremonial contra un oso hormiguero), Roque Dalton (Taberna y otros lugares), Armando Tejada Gómez (Canto popular de las comidas) y Jorge Boccanera (Contraseña), entre una buena cantidad de poemarios en los que la retórica a la moda de la izquierda se propuso conquistar el olvido con temas como las líneas de fuego, las balas y los fusiles, y, para no dejar, la zafra, Playa Girón, Bahía de Cochinos, Papá Fidel y la Madre Revolución.

Quizá por esto último que digo, a no pocos sorprendió que un libro del lirismo lúdico como el de Eduardo Langagne hubiese obtenido ese premio; un libro donde el poeta, con la segura audacia de su juventud, escribe por ejemplo: “hoy amo a una mujer que no está cerca/ que no está lejos siquiera/ que no está/ y dondequiera que exista si es que existe/ será inútil pensar que me conoce/ que ha escuchado mi desorden o mi grito/ no queda mucho más:/ inventar que en la casa alguien espera/ y pensar que el amor seguramente existe/ si uno ha sentido un odio inexplicable”.

Luego, a lo largo ya de cinco lustros, cuatro de los cuales están representados en Decíamos ayer..., este libro que hoy, con el eco de la famosa frase de Fray Luis, nos convoca, Eduardo Langagne ha evolucionado en su poesía pero una cosa es cierta: nunca ha perdido ese lirismo, esa música del poema y ese afán de hacer suyas las palabras con las que se inició como poeta.

Langagne es de los poetas que todavía cree que un poema debe contener una historia, una parte de vida o, mínimamente, nombrar y comunicar algo. Y como es un poeta cuyos temas vienen desde la infancia, sus libros son su biografía y su carta de existencia de que ha sido, como lo dice en un poema, un obstinado de la vida.

Hoy, mirando hacia las primeras dos décadas que han quedado reflejadas en este libro que nos reúne, el poeta puede escribir: “Han pasado veinte años de los primeros versos/ que escribió aquel muchacho de la barba rojiza,/ con su tinta nerviosa. Han pasado veinte años,/ acaso la hora exacta era la más oscura/ pues su barco zarpaba en busca del océano/ sin saber si existía. Y en esas condiciones/ él sin miedo cantaba como si tal empresa/ requiriera su vida. Así era aquel viaje”.

Si el poema lírico no canta, si no contiene música, así sea secreta, entonces es un ensayo o cualquier otra cosa pero no un poema lírico. Y conste que hay ensayos llenos de música (los de Torri, los de Arreola, por ejemplo) que en su delicada y profunda prosa parecen más poemas que algunos poemas en verso.

Langagne siempre ha sabido esto: que un poema, para que lo sea, debe contener la música que, decía Pellicer, es su principio. De oídos de artillero nadie puede acusarlo. Tan consciente está de ello que él mismo insiste constantemente en este don que debe cultivarse, como cuando anuncia: “Vengo a cantar./ Con esta terquedad vengo de nuevo./ Esta vez trovaré/ a la manera del viejo escarabajo,/ que solía siempre cantar/ y a veces conseguía que su sonido/ fuera como el del grillo melodioso/ o grave y rudo como el de la cigarra/ y su voz se distinguía/ entre todas las voces del jardín”.

Asimismo, dirá: “Diez de nosotros cantábamos al aire/ ocho callaron/ dos seguimos/ sabemos que el más terco podría lograr un canto/ que diga lo que todos pretendíamos”. Y en un epigrama, escribe: “Entre la multitud/ puedes reconocerme, amor:/ yo soy el que va cantando”.

No en vano muchos poemas y libros mismos de Langagne declaran enfáticamente su vocación de canto y de música desde los títulos mismos: “Percusiones (Canto grave para tambor solo)”, “Vengo a cantar”, “Balada de los diez de nosotros”, “Tocabas tu tambor”, Para leer sobre un tambor y, por supuesto, Cantos para una exposición.

Ese cantar y ese decir de Eduardo Langagne es el que tenemos en esta antología personal que ahora le acompañamos, con mucho gusto, a presentar y que en sus dos décadas de escritura revela a un poeta maduro pero no anquilosado; un poeta que sigue cantando y haciendo que las palabras comuniquen, digan siempre algo.

Desde su primer libro, Langagne está consciente de que “las palabras no siempre llevan música”. Por ello se esfuerza en dotarlas de la gracia que la rudeza muchas veces les niega y las torna flexibles para que sepan entonar al más desentonado de los lectores.

No es posible, digo yo, leer, por ejemplo, este poema sin música, sin cadencia, sin ritmo: “Mis amigos y yo/ éramos niños./ Alegres y floridos/ comenzamos a andar/ para saber qué había/ más allá de la montaña./ Fáciles nunca fueron los senderos,/ hubo piedras y ramas,/ espinas que obligaban/ a un andar más pausado./ Hubo quienes quedaron en la orilla./ Curiosos los demás,/ asomamos al fondo del barranco./ Algunos tropezaron:/ intentaron un viaje/ que nunca resultó./ Yo vengo aquí./ Aquí quería llegar”.

No son pocos los que han señalado las deudas poéticas de Langagne, y no quiero ser yo quien las repita. Pero una de ellas, asumida y declarada por el mismo Langagne es la que le viene de Juan Gelman. Ojalá todos fuéramos, aunque sea un poquito, deudores de Juan Gelman. Pero aquí lo importante no es cuánto te prestan sino cómo lo usas y de qué modo lo enriqueces para pagar la deuda y que además algo te quede.

Lo que queda en la poesía de Langagne, luego de pagar deudas, es una obra poética muy suya que sus lectores celebramos; una poesía llena de música y de sentido, donde la historia personal amplía sus significados para hacerse historia de otros que, cuando lo leen, se reconocen e identifican en una experiencia.

Artículos relacionados

Otros libros del autor

  • VAGABUNDO
    Titulo del libro
    VAGABUNDO
    LANGAGNE, EDUARDO
    LUNARENA
    En stock

    $ 35.00