Alex Grawoosky asedia tópicos amorosos, lugares comunes del abandono, y riñe con ellos para terminar en el desfiladero. En una prosa, ¿cómo llamarla?, zurcida en versos, o al revés, en versos desbocados por la prosa, crea un babel de nostalgia, en donde el amor es un desastre: un exceso de pintalabios en la boca de Minerva, y, una vez que nos atrapa, no podemos más que errar en su circunferencia, pero de manera poética y maravillosa se avanza.
Teníamos que haber aprendido de Ícaro, pero ya es muy tarde para renunciar a nuestras alas y, por supuesto, a nuestra caída, nos dice el autor. Habrá, entonces, que seguir peleando en el ombligo de Minerva.