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No hay razones lógicas para encasillar a Bukowski como poeta callejero y alcohólico. En este libro se descubre como una escritor apasionado por la música clásica, como un romántico confeso que salda sus deudas de gratitud con quienes le ayudaron en tiempos difíciles y como admirador de Céline, Dostoiewsky o Vallejo, de los que se considera heredero directo.